Mirar la vida desde el Sosiego

03.08.2014 20:25

Mirar la vida desde el sosiego. Pasar por las mismas casas una y otra vez, prepararse con las mismas  ropas, recoger la casa a la misma hora, salir a la panadería, de paso a la carnicería y al mercado. Un día tras otro viendo pasar la vida rutinariamente. Desde la única ventana del primer piso de una fachada de piedra vieja, recién pulida la mirada enfila el callejón formado de la unión de los corrales de casas heredadas del siglo pasado. 

Mirando al fondo del corral asoman entre frío y frío de verano, hortensias azules coloreadas intensamente por el  wolframio del suelo, y rosales salvajes de tronco semileñosos con flores de milhojas descoloridas del esfuerzo de sobrevivir al helado invierno. Y un carro, un carro de ruedas anchas de madera vieja que un romántico en verano lucha por mantener vivo agosto tras agosto

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La mirada de un Tilero añoso plantado en la entrada de Las Escuelas por el abuelo maestro da la bienvenida majestuosamente a un entramado de casas mas judias que cristianas. Y es que el pueblo entero está así formado, por callejas sinuosas que rodean corrales y caserones, pasos de animales que pasaron a ser caminos, testigos de los primeros carros y carreterillas que estrenaron algún coche insolente de ricos forasteros.

El entretenimiento diario consiste en andar despacio lentamente, como si el tiempo se parase en cada puerta, mirando cada contraventana pintada de los restos de la pintura del año anterior, aquella con la que barnizaron las heridas del hielo en las vetas de castaño. Y pasar pausadamente dando los buenos días a los que de un año a otro casi no recuerdas la cara. Pasear al son de las cortinas de aluminio sobre los marcos de las puertas en cada racha de viento aleve. 

Mirar a la cara de la gente suele ser un curioso misterio en estas tierras que conservan los años como patatas viejas enterradas. Adivinar la edad de la mujer que anda con las manos apretadas a su monedero es una tarea casi imposible, mujeres que desde el día de la boda cambian el color de los vestidos por delantales negros; ojos que se abren ampliamente para admirar lo que pudo salir del pueblo  y se entrecierran para evitar el reflejo blanco de la luz del mediodía tan escasa durante los diez meses del año.

A pesar de que hace solo diez años todavía la panadera hacia galletas cada mañana de vainilla y mantequilla en un horno de leña, el progreso avanza lentamente, cada verano ves crecer la pared del céntrico Hotel al ritmo que el dueño es capaz de llenar el bote de las propinas, un bar que en invierno da una veintena de vinos a la semana y tres o cuatro comidas y en verano se esfuerza por parecer un moderno restaurante de ciudadela. Alzandose orgulloso y tímido su ático a dos aguas sobre las casas de piedra granítica,  con porches rústicos rebosantes de flores violetas y rosas. Casi sin querer. 

Escuchar el afilador y el altavoz de vendedor ambulante de frutas, recorriendo las calles que son habitadas tan solo en verano, en busca de lo que en España se ha llamado " hacer el Agosto", es un retroceso al pasado. 

Aquí no se sientan en la puerta como en Andalucía, pero se reúnen en los corrales a coser con su caja oxidada de lata para comentar los robos de los bandoleros de los años treinta, vuelta y vuelta al pasado medieval como el que no quiere que el tiempo avance. Cuentos de ovejas y de lobos al compás que jóvenes que estudian y luchan por sacar de las historias antiguas enseñanzas útiles para crecer.

Al llegar la tarde, el solecito del verano intenta aguantar un rato sin calentar demasiado poniendo las nubes medio grises de un tenue color rojo, mientras rebaños, al amanecer de ovejas y en la tarde de familias pasean junto al cauce del río camino del rebollar, llenando el organismo de una vitalidad naturalista acompañada casi siempre de una rebeca de invierno. Bicicletas con parches en las ruedas de los zarzales y manchas de orín en la pintura corren entre grupos de mayores y mugidos de vacas sin mas peligro que un coche de cuando en vez. A la piscina y de vuelta a casa; lo más lejos a casa del herrero, una libertad improvisada en  una infancia bruscamente atemporal. 

Y un rato de lectura por la mañana de libros releidos por segunda vez para unos y de cocina para otras;  y un rato de ejercicio por la tarde.Una cena y un oporto y mañana... Otra vez. 

 Mercedes L. Uralde

En el bolsillo de mi Rebeca...  Un libro de recetas, pensar qué vamos a comer catorce en un mundo de castañas y setas silvestres...